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La Edad (Social) Media

Caracterizada por el miedo, la ignorancia, el hambre y las epidemias de carácter apocalíptico, la Edad Media parece no haber sido superada, como lo señala Thomas Hobbes.

Quinientos años después el hombre no ha evolucionado, ha regresado al medievo. Hoy vivimos en la Edad (Social) Media, donde se juzga, se insulta y se acosa desde un búnker virtual construido con un pseudónimo y una foto de perfil.

Anteriormente el hombre se entretenía viendo a gladiadores matándose con lanzas y espadas en el coliseo; ahora se regodea con lo que sucede en el octágono de la UFC. Google es el César moderno y los resultados del buscador marcan la dirección de su pulgar.

Pertenezco a una generación que es el último eslabón entre el niño que corría tras un balón y el que prefirió sentarse a mover muñequitos en el FIFA. Yo aún jugué futbol en las calles, deteniendo el partido para dar paso a los tanseúntes. Rescaté el balón debajo de un automóvil, me hice callos en las yemas de los dedos por tanto presionar los botones A y B del Nintendo cuando jugaba con mis primos.

Hoy los chicos se divierten jugando eGames con un extraño del otro lado del mundo. Hoy los youtubers han alcanzado un grado de influencia que hunde en depresión al desafortunado que se tope con el colmo de la imprudencia.

Transitamos en la enajenación y el desprendimiento de lo colectivo para sumirnos en una realidad virtual imparable hacia la desconexión y desvinculación totales. Mientras el mundo se desgaja y se desangra, hordas de personas van por las calles o el transporte público con la cabeza agachada, sumergida en las pantallas de sus “teléfonos inteligentes”.

La vulgarización internetera, celebrada a menudo como el fin del elitismo de los profesionales de la cultura, ha abierto las puertas a la difusión del odio entre los ciudadanos, sobre todo cuando estos abjuran cada vez más de libros, discos y películas en favor de los contenidos de digestión rápida de la red.

El sistema de estatus, fácilmente medible en las redes, dota de una legitimidad nueva a los mensajes, no por la trayectoria y fiabilidad intelectual de quien los emite, sino por su número de seguidores. Trágico final para los tecno-utopistas, que esperaban una revolución pacífica y liberal del conocimiento y se han encontrado con memes enseñando a odiar de forma simpática.

Las conmociones de lo evidente son las peores porque nos sitúan delante de una obviedad inquietante que habíamos pasado por alto, seguramente, por esa búsqueda de la tranquilidad que nos lleva a echarnos a dormir en brazos de la mentira.

Sergio Villaseñor
Juntaletras al que le gusta hablar de los temas que le preocupan. A ratos de buen ánimo, a menudo lleno de rabia, urgencia y frustración política, y a veces con la angustia que experimentan los niños cuando se acuerdan, ya tarde un domingo, que aún deben la tarea del lunes.

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