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Darwin y el box

La semana pasada no recuerdo cómo, me encontraba en medio de una conversación de box con algunos de mis amigos que lo han practicado a nivel amateur. La charla oscilaba entre sus experiencias en el cuadrilátero y el punto de vista aficionado que recordaba batallas pírricas como la que sostuvieron en 2012 Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao. Si bien nunca me interesó practicar el box (como ningún oro deporte), tengo un vivo recuerdo del arraigo que me provocaban las peleas de Julio César Chávez en la década de los noventas, amén de las intenciones políticas en las que estuvieron envueltas, no era difícil engatusar a un niño sin callo en el reconocimiento de lo baladí.

Desde mi perspectiva ignara puedo decir que el boxeo es darwiniano, como todos los deportes en su naturaleza. Sin embargo, una pelea de box exige un sufrimiento como ningún otro deporte. En primera instancia está la preparación marcadamente despiadada (kilómetros de trote en la madrugada, infinidad de golpes al costal, a las manoplas y al sparring. Después, la pelea misma: minutos agónicos, golpes secos al cuerpo y a la cabeza con guantes acolchonados que evitan cortes y fracturas a cambio de cimbrar al cerebro. La sobrevivencia redefinida. Pero no sólo por eso es darwiniano. Mayweather se embolsó 300 millones de dólares por su última pelea con McGregor, quien se llevó 100 millones.

La pelea entre Gennady Golovkin y Saúl Álvarez generará más de 100 millones de dólares, de los cuales, el “Canelo” mínimo se llevará 35. En cambio, un chico que pelea cinco o seis rounds en México puede llevarse 3000 pesos, y de éstos, se quedará con la mitad. 1500 pesos por jugarse la vida. Sin seguro médico. Sin garantías. Sin nada. Sobreviven los fuertes. Muy pocos.

Como todo lo que comienza, un peleador novato representa muchos enigmas. ¿Qué tan bueno es? ¿Es capaz de soportar la fricción que exige un ring? ¿Y qué tal es su pegada? Al verlo arribar, lo que un espectador sabe de un boxeador joven es lo que ve: un cuerpo, una mirada, cierta actitud. La suma de estos elementos nunca podrá definir con exactitud a un peleador ni podrá darnos las respuestas de su valentía, su arrojo, su técnica o su inquebrantable corazón. Es necesario verlo actuar, cómo responde y soluciona cada uno de los problemas que inevitablemente se le presentarán.

Durante una pelea la gente reunida no importa dónde, ordena cervezas y botanas, que para los peleadores que subirán al ring están más que prohibidas. Tiene sentido que se siga llamando arena al tipo de espacios donde se llevan a cabo, pues los asistentes toman un aire romano listo para disfrutar sibaríticamente la masacre.

Cuando llega la hora, los peleadores emergen de un túnel acompañados de su séquito y precedidos por un camarógrafo que los acompaña hasta el ring. Al verlos subir las escaleras uno se pregunta muchas cosas, incluso las más absurdas: ¿Por qué no suda?, ¿calentó bien? Si tiene miedo o está nervioso, si siente odio hacia su oponente o simplemente indiferencia.

Como aún no hay sangre en sus rostros, la mayoría de los espectadores puede olvidar, por momentos, que estamos ante un espectáculo violento, y que dicha violencia puede verse bajo diversos reflectores e incluso decir algo de nuestra sociedad, no sólo de quienes se golpean allá arriba, sino de aquellos que interpretan y valoran, o no, lo que sucede en el ring. Porque los argumentos en contra del boxeo están a la hora del día y no hay por qué ignorarlos. Pero lo más sorprendente no es la crítica, que siempre ha existido, sino la idea de que este espectáculo es un deporte.

Sergio Villaseñor
Juntaletras al que le gusta hablar de los temas que le preocupan. A ratos de buen ánimo, a menudo lleno de rabia, urgencia y frustración política, y a veces con la angustia que experimentan los niños cuando se acuerdan, ya tarde un domingo, que aún deben la tarea del lunes.

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